Caixa de zapatos

316-large_defaultMarina Losada VicenteSei que era domingo porque papá se levantara tarde. Fun varrer o cuarto e atopei unha caixa de zapatos debaixo da cama. Nela, un trapo ensanguentado. A forza daquel vermello vénme aínda hoxe á memoria. Impactoume. Deixei o achado no medio da habitación e fun á cociña, onde meu pai bebía unha cunca do caldo que se facía no lume. Eu estaba afeita a que se cortara ao barbearse e a verlle cachiños de papel taponando os cortes. A cara estaba limpa, igual que todo el, acabado de saír do baño semanal.

            Volvín ao cuarto de meus pais e, aínda que a vasoira seguía no sitio, a caixa volvera para debaixo da cama, onde non a alcanzaba coa man.

            Sei que era verán porque volvín varrer o cuarto ao día seguinte. Estaba de novo a caixa, pero agora o contido abraioume. Catro ou cinco trapos enchoupados de sangue en distintos tons. Do máis fresco e chamativo ao máis reseco e escuro. Nos días sucesivos aquela caixa foise enchendo de sangue, ata que unha mañá atopei o sitio baleiro.

            Na volta do curso mudaran as cousas. Varias das amigas deixaron de selo. Polo que entendín, agora xa eran mulleres e non podían verse comigo, que non o era. Na aula mesturábanse varios cursos, coa conseguinte diferenza de idades, pero os pupitres estaban tan pegados uns aos outros que os rumores eran compartidos. Algo pasaba co sangue, pero non alcanzaba a saber o que.

            Marisa levantou a man para ir ao váter. A mestra, de malas maneiras, autorizouna. Vestía unha saia branca, remarcado o branco por unha mancha vermella que se lle debuxaba á altura da entreperna.

            Non preguntei a ninguén polo contido da caixa de zapatos. Quedoume claro que de papá non era.

11 comentarios en “Caixa de zapatos

  1. Apreciada Marina. Sobre el comentario que haces sobre las “menstruaciones” más naturales, más públicas de antaño…No recuerdo demasiado si eran tan públicas, aunque no dudo que esas sentadas, dejarían, bien patente, alguna que otra mancha de “sangue”.- Lo he escrito en gallego porque me suena menos agresiva, menos roja, si cabe
    Sin embargo recuerdo, aquellas mujeres (mayores por supuesto) que saliendo de misa, los domingos, donde la mayoría nos encontrábamos…, que arrimándose a una vieja pared, o borde con hierbajos… se ponían, separando las piernas, a “echar su meadita”.
    Cuando vi aquello por primera vez, al llegar a casa, lo primero que hice, fue preguntarle a mi abuela:, ¿por qué las señoras no llevan
    bragas?.- Me respondió que era porque había gente muy pobre, y otras no las sabían hacer. Al parecer se confeccionaban en casa, con aquella famosa tela de lienzo (lenzo) que rascaba, más que abrigaba. Era como si estuviera almidonada, parecía cartón, y que se utilizaba, sobre todo, para hacer sábanas.
    Recuerdo también, hablando de necesidades en tiempos de la Guerra Civil, y después de la misma; como un señor me decía, no hace mucho: Naty, yo he pasado mucha hambre. Al recordar sus palabras siento, aún, una profunda tristeza, pero también es verdad que luego vino la época de las vacas gordas. Cuando la mayoría de estos hombres, pudieron enrolarse en esos grandes buques de las Compañías Navieras de nuestro país. Todavía recuerdo algún que otro nombre de esos grandes trasatlánticos: Cabo San Roque, Cabo de Hornos, Cabo de buena Esperanza, y un largo etcétera. A partir de ahí, es cuando cambió todo en la mayoría de las familias. -Se iba notando la abundancia de una economía, nunca disfrutada.
    Más tarde, llego la fiebre de New York; que es donde la economía repercutió, de manera positiva, en casi todas las familias, hasta la fecha.
    De todo esto podría hablar largo y tendido, pero creo ha sido suficiente para recordar, aquellos tristes momentos, pero también sus alegrías; que las había, aunque estas fueran menos.
    Me quedo esperando tus magníficas narrativas del ayer y de hoy con mucho interés. Un abrazo desde este bello rincón de Palmeira.

  2. Ante todo, bienvenidos al Café Barbantia, después de vuestras vacaciones.

    Bueno, ya veo que, ayer, la tertulia ha comenzado en toda regla.
    A mí, no se me revolvería nada.- Me refiero a la señora, o señor, que se le revolvía el estómago porque a la hora de la comida y cena, ponían unos anuncios de compresas. Pues no digo nada si se tratase de, a “Caixa de zapatos”; ou peor: O can con eles (trapos de entón) na boca, ensanguentados, e entrando no salón ante unha familia de alto liñase.
    ¡Menudo mal rato, para la señora Encarna, ante tamaña situación! Menos mal que ella, con su gracia, remendó la situación saliendo airosa del trance.

    A mí, se me presentó, sin saber nada de nada, por eso me llevé un susto “morrocotudo”. Tendría unos 12 años. Estaba jugando con unas amiguitas, y pusimos un trozo de espejo que por allí había, apoyado de canto en un árbol, y empezamos a bailar levantando las piernas para vernos en aquel improvisado espejo. Lo que vi, fue terrible, ya que me dio la sensación de que me estaba “desangrando” sin sentir dolor alguno”.- Veloz como un galgo, corrí para casa y le conté a mi madre lo que había visto. Mi madre más nerviosa que yo, porque sabía lo niña que era, me dijo: bueno, eso le pasa a muchas niñas cuando se hacen mujeres. – Entonces, ¿antes que era? le dije.- Mi madre me respondió con mucho amor y comprensión: ahora ya eres una mujer, y no puedes andar jugando con niños. -Esto no lo comprendí hasta muy tarde.

    Querida Marina: A mí me tocó vivir esa infancia llena de tabúes y de silencios. Y puedo decirte que cuando mis hijas llegaron a la pubertad, no hubo mayores problemas ni por parte de ellas, ni mía. No había esas barreras que te impedían decirle las cosas claramente. También es cierto que han nacido en una época distinta a la que yo he vivido. Sin embargo, respeto el pasado y valoro el presente, porque es donde vivo ahora.
    Un abrazo desde Palmeira.

    1. Desde esta altura da miña vida considero que toda nai é capaz de atopar as palabras para dar tranquilidade a unha filla. O feito de que non o fixeran coloca á sociedade daquel momento en moi mal lugar. Polo que me contou miña avoa, que era do ano 1902, na súa época as cousas da mestruación eran moito máis naturais e polo tanto máis públicas. Non usaba bragas e aseguroume que ninguén se sorprendía se o sangue atravesaba a roupa ou se deixabas unha mancha onde te sentabas. Algo mudou despois. Unha sociedade que mutulaba ás mulleres, que as avergonzaba, que as culpabilizaba. Tiveron que vir as campaña de publicidade -eses si que nos dan valor cuantificado en euros- para que en moitas casas se soubera que as mamás e as irmás tiñan un sangrado mensual. Bicos.

  3. Nunca é incorrecto dar unha opinión. Por iso manterei a miña. Hai moito que correxir hoxe en día. Pero máis hai que correxir nas casas daquelas infancias cheas de tabús e de silencios. Non me enfada lerte iso non. Para nada. Boas noites.

  4. Muchas gracias a Magdalena por lo de “nuestra querida Mari Carmen”. Sé que lo dice de corazón y, además, es un sentimiento recíproco. Aunque por una vez, y malamente, me haya adelantado a ella.
    Biquiños.

  5. Querida Marina:
    Siento que mi respuesta te haya parecido incómoda o incorrecta. Seguramente al querer, por una vez, ser la primera en dar respuesta a uno de los estupendos artículos que dejáis los que escribís en Café Barbantia, me haya precipitado: lo que he pretendido expresar brevemente sin conseguirlo es que ningún tiempo es mejor ni peor que otro, que la vida evoluciona -por suerte-; pero a un ritmo tan acelerado en los últimos tiempos que, los que ya somos muy viejos, nos damos cuenta de lo mucho que tuvimos que asimilar de golpe. También creo que, a pesar de nuestra ignorancia, no lo hemos hecho mal en la crianza de nuestros hijos.
    Unha aperta e sonos bonitiños.

  6. Non fai moito que escoitei a un coñecido que era de moi mal gusto poñer anuncios.de compresas ás horas de comer ou cear. Que se lle revolvia o estómago. Se andan por aquí -penso que non pero nunca se sabe- espero que se lle arreglase o corpo. Bicos Magdalena e bicos Palmeiralibre aínda que non sei quen ves sendo.

  7. Ante todo, bienvenida, Marina.
    Yo quiero recordar la anécdota que mi abuela contaba con mucha gracia:
    A mi abuela Encarnación, la llevaron los Gasset Neira para Madrid cuando contaba con doce años. La habían conocido un verano en la playa, y se encapricharon de aquella niña tan espabilada y simpática. Hablaron con mi bisabuela y con mucho dolor de corazón dejó que aquella gente tan bien vista en el pueblo se hiciera cargo de su educación, al tiempo que era una boca menos que alimentar en una casa donde ya no existía el cabeza de familia.
    Al año siguiente, en la “Torre das xunqueiras” – donde solían veranear estos señores, – mi abuela Encarna, ( ya se había ganado de por vida ese diminutivo ) que por razones de carácter higiénico se estaba cambiando en su habitación, y al poner fin a su aseo pero sin dar lugar a la recogida de lo que había salido de su útero, entró sin previo aviso el pequeño Lulú de la casa y se escapó, llevándose en la boca para el salón donde toda la alcurnia se entretenía tomando el te mientras jugaban al mus, un pañito coloreado como un campo de amapolas. Encarna, se fue corriendo detrás del chucho como los polluelos detrás de la clueca pero, los allí presentes ya habían inspeccionado con la furtiva curiosidad que siempre dedica un grupo a un recién llegado, y más aún, con una pieza tan singular. Pero mi abuela Encarna, con toda la gracia que la caracterizaba le dijo a Lulú: “Con los trapos de la carne que está preparando la cocinera para la cena, no se juega”.
    Le sacó de la boca aquel trozo de tela sanguinolento y mirando para todos ellos, les dio las buenas tardes.
    Yo también te las deseo, querida Marina.
    Con muchísimos besiños palmeiráns.

  8. Non renego de nada. Non se trata diso. Trátase de poñer á vista os erros. As paredes non precisas explicacións. As nenas e os nenos si. Falar non costa nada e demostra sensibilidade e cercania. Aínda que non esteas preparada para dar moita explicación deberas estalo para dar tranquilidade e seguridade. Non é unha queixa. É un rogo afogado no tempo

  9. Rondaba los catorce años. Aquella mañana me sentía francamente mal; y mi madre, convencida de que estaba incubando un buen trancazo, me sugirió que me quedase en cama. Tan mal me sentía que , en vez de acudir al wáter, me senté en la bacinilla que siempre había debajo de la cama. Sentía retortijones en el bajo vientre y creía que algo me había sentado mal la noche anterior. Lo trágico fue que, al levantarme del orinal, observé que el pis era sanguinolento, y, además, comprobé que mi camisón estaba manchado de sangre. Era la etapa en la que la tisis hacía estragos y, no había duda: estaba tuberculosa y aquella era la primera hemoptisis, terrible palabra en aquel entonces.
    Así estuve varias horas sin atreverme a contarle a nadie mi horrible secreto. Al final me desahogué con una alumna del taller de costura de mi madre, tres o cuatro años mayor que yo y que, por más detalle, tenía novio. Ella, que conocía muy bien la procedencia de aquella sangre y su función, me puso al tanto de lo que me estaba ocurriendo.
    Parece increíble, pero es real: así me enteré de lo qué era la regla. Y doy gracias a mi amiga que le evitó a mi madre pasar por un trance para el que no la habían preparado.
    Es sólo una anécdota ocurrida en una época diferente de la que para nada reniego.
    Un abrazo.

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