A conclusión do espello

guitar-case-485112_960_720Antón Riveiro Coello. Con oito anos, un amigo e mais eu percorriamos os bares da vila cantando panxoliñas. A xente metíanos cartos na caixa da guitarra. A música era un negocio redondo. Máis adiante, xa de mozos, disfrazámonos de mimo e ocupamos a rúa para tocar uns segundos cando nos botaban algo. A idea só era impresionar, pero o espectáculo, sen pretendelo, virou en algo lucrativo, como lle pasou a Casares na experiencia remunerada dun entroido, logo de se disfrazar de limpabotas e investir en apenas unha caixa e un nada de cuspe.

Non é doado detectar a indixencia. A crise encheu as rúas de xente que pon a súa necesidade en alta voz. Hai cidades e vilas que, para evitaren a saturación, mesmo proban a calidade cun exame. Pero tamén hai persoas que só piden sen ofrecer máis nada que o seu desamparo. Na vila en que vivo, que ten unha longa rúa peonil, a cada volta hai máis músicos, aparentemente espontáneos, que abren as caixas dos instrumentos para acoller a nosa bondade. Ás veces, mentres tomas algo, é un luxo escoitar un clarinete sublime ou dúas guitarras erguendo unha atmosfera festiva, aínda que outras toca sufrir a tortura dunha voz desafinada con algún decibelio de máis.

Nisto de pedir tamén conta a imaxinación, como a dun home esfarrapado que minaba de faltas de ortografía un cartel alusivo á desgraza, e mendigaba diante dun despacho de lotaría. Como non lle botaban moedas, decidiu gastar o pouco que tiña en mercar roupa decente e afeitarse. Despois, volveu ao mesmo sitio e axiña comprobou como unha enxurrada de moedas confirmaba a súa estratexia. Chegou así á conclusión de que a xente gusta máis da pobreza dos ricos porque cando dan algo a alguén ben vestido, en realidade están a dalo a si mesmos.

3 comentarios en “A conclusión do espello

  1. Mucho me ha gustado el artículo de Antón, ya que es la realidad de lo que pasa en la calle. Y es curioso!!! Cuanto más harapiento, más andrajoso te encuentren, te ignoran. Sin embargo, como bien has dicho: una vez acicalado, cambiado su atuendo o indumentaria…sus donativos aumentan. Cierto: tal vez fuese el reflejo de ellos mismos al verles con sus mejores galas. Y termino, no sin antes aclarar, que soy de trayectos cortos porque para llegar a vosotros, hay que ir primero a la Universidad; aunque también es cierto que hubo grandes genios de las letras, que poco o nada han pisado una escuela, y sin embargo han sido grandes escritores. Todo consiste en leer, leer, pero no cualquier cosa. He incluso es posible que alguno@s “pululen” por aquí.

    Y ahora paso a lo que Magdalena apuntaba sobre la novela de Don Benito: muy digna la labor de la criada de Doña Paca, saliendo a la calle a pedir una limosna para su ama. Noble y hermoso gesto el de su doncella. Que disfrutéis de un hermoso jueves

  2. Buenos días, Antón:
    Casi todos los domingos vamos al mercado a la tierra de los pimientos indecisos, y aprovecho también para visitar la capilla de los franciscanos para cumplir con lo que considero mi deber de católica y apostólica. Por aquellas calles, especialmente la que lleva a la capilla, está llena de mendigos, unos con perros, otros enseñando sus ulceradas piernas, otros cantado y tocando bellas melodías, y otros, muy bien vestidos y aseados pero sabe Dios con que carencias. Nosotros vivimos de una escasa pensión, y creo que son demasiados para mi pequeño bolsillo y como disculpa, recuerdo al cuco parásito que pone los huevos en nido ajeno para que un memo le crie la progenie; pero esa persona que tienes dentro llamada conciencia te dice: “El tacaño no es un asceta, es un aprovechado, a cualquiera puede llegarle la decadencia”, y entonces, de las dos creaciones contradictorias que coexisten en nosotros, el bien y el mal, sale a relucir la primera, y al instante te ves compensada con una amable sonrisa llena de gratitud. Luego, te diriges a la capilla con el pecho henchido y con el óbolo mermado para los del hábito franciscano, pero que, con toda seguridad lo necesitan menos que los sin techo.
    Me encantó tu artículo como todos los que tú escribes, Antón. Ahora me viene a la memoria aquella preciosa novela de Pérez Galdós “Misericordia”. Benigna, “Benina” la criada de doña Paca, que iba a la calle a pedir limosna para su ama.
    Besiños palmeiráns.

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